Francia — Los Alpes donde el esquí se volvió civilización
Entras a Chamonix-Mont-Blanc y lo entiendes de golpe: no es una estación, es un manifiesto. El Mont Blanc sobre tu cabeza, la Aiguille du Midi partiendo el cielo y tú pensando que ese café con marc de Saboya que te tomaste en la terraza quizá no fue la mejor idea antes de la Vallée Blanche.
Francia tiene el forfait más grande del mundo — Les 3 Vallées con Courchevel, Méribel y Val Thorens enlazadas por 600 km de pistas — y también tiene algo más difícil: capas. ¿Eres de los que bajan a la una a comer una tartiflette caliente en una granja de alta montaña? Val d'Isère te va a entender. ¿Prefieres despertar a -15° y subir en teleférico con gente que habla de crampones como otros hablan de Netflix? Ahí está Chamonix esperándote.
Luego están los clásicos que nadie se molesta en explicar: Megève, con su pueblo de cuento donde todavía hay carruajes. Avoriaz y Morzine conectando con Suiza por Les Portes du Soleil. Alpe d'Huez con sus 21 curvas que ciclistas y esquiadores se pelean por reclamar. La Plagne y Les Arcs — Paradiski — enlazadas por un cable que cruza el valle a 380 metros de altura como si no pasara nada. Y al fondo Tignes, Les Deux Alpes, Serre Chevalier, Flaine, La Clusaz. Cada una con su carácter.
Si me preguntas a mí: en enero, Val Thorens por la altitud (2300 m, la estación más alta de Europa) y la garantía de nieve. En marzo, Megève por el sol en la terraza. Nunca Chamonix en pleno verano — es alpinismo, y el esquí de glaciar sobre hielo rugoso es otro deporte.
El esquí no se inventó en Francia. Pero se perfeccionó aquí.